Una noche, pedí que llamaran una ambulancia, pero nadie lo hizo; nadie respondió a pesar de mi insistencia. En cambio, a las 11 p.m., diez guardias mujeres entraron a mi celda para torturarme. Me dijeron que tenía un comportamiento errático y me obligaron a suplicarles que no me llevaran a la celda acolchada. En aquel momento sentí cómo me despojaban de mi dignidad. Me destrozaron y sin hacer caso a mis súplicas, me encerraron en la celda acolchada. Aquel lugar se encontraba en un estado terrible, parecía que no lo hubieran limpiado en lustros. Estaba cubierto de excrementos humanos y un hueco en el suelo servía de sanitario. Había una cámara de vigilancia encendida 24 horas al día, siete días a la semana, con la que podían ver todo. Después de este incidente, el personal comenzó a tratarme aún peor.
Un domingo en la mañana, las guardias decidieron que teníamos que hacer las llamadas una hora antes de lo programado. Eran las 8:30 a.m. y muchas dormían aún. Algunas de nosotras intentamos resistir y argumentamos que las llamadas debían hacerse a las 9:30 a.m. Su respuesta fue agredirnos. Lo único que se me ocurrió fue acusarlas de torturadoras. Contestaron que, si ellas eran torturadores, nosotras éramos terroristas. En ese instante comprendí que no les importaba admitir sus actos de tortura y que, en algunas circunstancias, la tortura les parecía aceptable.
En una ocasión, pude arreglármelas para llamar a mi madre. Ella sufre de problemas psiquiátricos, así que tengo que ser cuidadosa con lo que digo para evitar preocuparla. Mientras estábamos conversando, una guardia se me acercó y comenzó a hablarme. Le pedí que no interrumpiera mi llamada, pero no le importó. Otras vinieron enseguida y en ese momento sentí que algo estaba a punto de ocurrir, que iban a lastimarme. Seguía al teléfono con mi madre, pero cuando comencé a contarle lo que estaba sucediendo, la llamada se cortó. Sin embargo, todo lo que había ocurrido hasta ese momento había quedado grabado. Las mismas diez guardias que me torturaron aquella noche, comenzaron a agredirme, me obligaron a colgar el teléfono y me arrastraron por el cabello hasta la celda acolchada. Mientras me arrastraban, mi cabeza chocaba contra el suelo; aún guardo cicatrices de ello. Me dijeron que me quitara mi ropa interior, pero yo me negué. Me golpearon en la cabeza y me rompieron un diente. Durante las tres horas que pasé encerrada en ese lugar, venían constantemente a preguntarme si ya me había calmado, pero su única intención era humillarme.
Les preguntaba: “¿Por qué me torturan? ¿Es la misión que les ha dado el Estado? ¡No somos enemigas!” Una de ellas respondió: “No he matado a nadie ni tampoco te he colgado en la garrucha, eso es verdadera tortura”. Me quedó muy claro que su definición de tortura era bastante precisa y que excluía muchas cosas. Las guardias se me acercaban y me decían: “No te vayas a suicidar, no te vayas a suicidar”. Lo repetían una y otra vez, con el único propósito de meterme la idea en la cabeza. Lo que me infligieron estas mujeres no solo fue tortura física, sino también psicológica.
Comencé a sentir dolores muy fuertes en la vejiga, tal vez a causa del estrés. Y cuando las guardias se dieron cuenta de la gravedad de la situación, me sacaron de la celda acolchada, con las manos esposadas detrás de la espalda, y me obligaron a decir que me arrepentía de mis actos. Yo no podía dejar de temblar. A pesar de que era domingo, el director de la prisión fue a verme. Insistí para que me llevaran al hospital y cuando llegué a la sala de emergencias, el médico notó moretones en mis muñecas, pero no vio ni mi frente ni mis dientes. No pude verme antes en un espejo, así que no sabía si tenía heridas visibles o no. Estaba en estado de shock.
Cuando mis familiares fueron a visitarme, me preguntaron: “¿Quién te ha hecho esto?”, así que les hablé de la guardia, quien también es originaria de la región en la que vive mi familia. Como todas las conversaciones se graban, la guardia se asustó al oírme mencionar su nombre. La dirección lo tomó como una amenaza y acusó a mi familia de querer intimidar a la guardia. Trataron de que las dos hiciéramos las paces, porque temían que yo los denunciara ante el Parlamento o los medios de comunicación. Me dijeron que no hablara con nadie de lo que había pasado, pero igual envié una carta al Parlamento. Luego me trasladaron por la fuerza a la prisión de Keyseri.
Las guardias de la prisión de Tarsus me odiaban; podía verlo en su mirada. Creo que sentían inferiores a mí porque yo había aprobado un prestigioso examen de acceso a la función pública (KPSS), lo que me permitió obtener un puesto de alto nivel en el Departamento de Obras Hidráulicas del Estado. Más tarde descubrí que esta era una de las razones por las que me torturaron y trasladaron. El director de la prisión de Kayseri me dijo que el director de Tarsus lo había llamado para decirle que yo siempre estaba hablando de los resultados de mi examen y que esto había generado problemas con el personal, que se quejaba con frecuencia ante él.